El traductor o cuando los libros son un futuro

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Hay palabras que mienten. Nadie lo sabe mejor que la política, que ha basado en ellas su personalidad y discurso: pueblo, democracia, libertad, nación, progreso. Palabras que nos dicen, con toda demagogia, referir a objetos que nunca podemos corroborar con nuestros propios sentidos: el pueblo a veces es un grupo que piensa de determinada manera y al abrir los periódicos nos percatamos que, en un lugar cercano, de condiciones semejantes, por pueblo se engloban las ideas y personas opuestas; nos sentimos parte de una nación que solo conocemos por relatos y rumores y seguimos creyendo en una democracia que entienden solo aquellos que la conjuran a la mínima provocación. Quienes saben de estas cosas las han nombrado significantes vacíos o flotantes, a mí me gusta llamarlas por su nombre: mentirosas. 

Hay vocablos mentirosos que tengo en mejor estima, como utopía, cuya falsedad es siempre bien intencionada en la garganta correcta, o distopía, que miente por el gusto de la metáfora.

Una palabra cuyos infundios recientes han concitado variadas molestias es futuro. Hoy, para muchos, el futuro más que una mentira, parece un chiste de mal gusto. Es así, en principio, por razones sociológicas. 

Es cada vez más común escuchar que la generación millennial inauguró la infausta tendencia de vivir peor que sus antecesoras. Esto quiere decir que muchos de nosotros tendremos mayores dificultades para acceder a un trabajo estable, tener un salario competente, conseguir una casa, formar una familia y todas esas cosas que nos imaginamos estuvieron alguna vez garantizadas (a lo mejor en el país de las maravillas).

Aún más grave que todo aquello, es la celada que contra nosotros tendió el futuro. Me refiero a esos días en que decidió esfumarse de nuestros sueños. Es difícil de creer, pero sospecho que hubo algún tiempo en que el futuro era también una causa por la cual valía la pena dedicar la vida, un camino para andar y un destino que nos parecía poder vislumbrar. Aquel era el tiempo, que hoy parece prehistórico, en que algunas palabras mentirosas como revolución, masas, clase, trabajadores, obreros o proletariado resultaban irrefutablemente verdaderas.

No sabemos muy bien qué pasó, por qué nos abandonó, qué le hicimos y cuál fue nuestra culpa (que aún no lo hayamos descifrado puede ser el porqué de su ausencia), lo cierto es que se fue sin decir adiós y desde entonces intentamos, con mayor o menor éxito, fabricarnos otros futuros que nos otorguen mayores certidumbres. 

Hace poco encontré una novela que escenifica a la perfección esa sensación terrible de ver la senda que creíamos única intempestivamente derruida. Se llama El Traductor y está escrita por Salvador Benesdra, el más oculto de los escritores malditos, según signa un perfil de Ximena Tordini. 

Benesdra fue psicólogo, traductor, periodista, analista político y fallido escritor argentino que, tras intentar publicar sin éxito y afanosamente El Traductor, se aventó desde el balcón de un décimo piso a la temprana edad de 43 años. 

Por regla general, los malos escritores no suelen suicidarse, y el caso de Benesdra no fue la excepción: El Traductor se convirtió al poco tiempo en una novela de culto, editada y reeditada por Eterna Cadencia junto con un improbable libro de autoayuda intitulado El Camino Total.

Trata la delirante vida de Ricardo Zevi, un traductor y ex militante trotskista, que pasa sus días preguntándose si, después de todo, las ideologías están verdaderamente muertas; percatándose de que la editorial de izquierda en la que trabaja traiciona los principios que le creía fundamentales y navegando la turbulenta relación amorosa que sostiene con Romina, una joven adventista a quien no puede satisfacer sexualmente. 

En 2018, el director Damián Finvarb y el periodista Ariel Borenstein realizaron un documental sobre la vida de Salvador y su Traductor. Lleva por nombre Entre Gatos Universalmente Pardos, en referencia a una de las frases iniciáticas de la novela. Ahí, Nora Avaro, escritora y profesora de letras en la Universidad de Rosario, acusa una lectura habitual del libro que consiste en interpretar todos sus pasajes como una transmutación literaria de la vida de su autor: la militancia, los brotes psicóticos, las relaciones tormentosas, el paso por página 12 y su participación en el conflicto que cimbró el diario y que devino en los despidos masivos de su personal. Para Nora, esta interpretación reduce la narración a su mínima expresión. Los directores, no obstante, parecen no coincidir con el diagnóstico y dedican el montaje entero a corroborar las semejanzas entre la tormentosa vida del autor y el tumultuoso desarrollo de su personaje.

Vale la pena entonces desprenderse un buen rato de Benesdra, al menos durante las más de 600 páginas que conforman su obra y las líneas que a estas líneas le restan. 

Si en un futuro los alienígenas arribaran a la tierra y encontrasen, entre los vestigios humanos, El Traductor, darían cuenta de un momento trascendental de la especie: la hora en que su imaginación fue dilapidada. Eso que Francis Fukuyama llamó el fin de la historia, tesis y ensayo que, dicho sea de paso, ojalá no lleguen nunca a manos de los alienígenas. Para Fukuyama, el fin de la guerra fría supuso la imposición de la democracia liberal, la globalización y el libre mercado, que a su vez lapidaron la historia de las luchas ideológicas, cual si fuera un partido de fútbol.

Querer ponerle fin a la historia apenas vista una coyuntura en los periódicos es, al menos, ingenuo (la historia subsecuente hizo lo propio para demostrarlo), pero sirve, en todo caso, para exponer  una percepción que conmocionó muchas conciencias. 

Reconozco que hablar en términos de muchas conciencias me hace quedar mal parado cuando empecé este texto denunciando las mentiras que la lengua nos propina. Para ello, la literatura nos ha hecho favor de llenar, con relativo éxito, el vacío de las palabras. Sirva un ejemplo: a propósito del pueblo, el historiador francés Pierre Rosanvalón califica Los Miserables de Victor Hugo como la consistencia sensible de ese grupo tan malamente designado en el periodo en que, tras la rebelión de junio, se había vuelto necesario hablar de él y escenificarlo en existencias singulares. 

Ricardo Zevi es, pues, la escenificación singular de una mentira de buen gusto: la izquierda. ¿Cómo hablar de la derrota de los ideales programáticos de la izquierda?, ¿cómo de su pérdida de identidad? ¿Cómo entender su falta de rumbo?, ¿cómo los discursos que la combatieron y la llamaron al fin de su historia? 

El Traductor tiene por vocación literaria responder esas interrogantes mediante la elaboración de un personaje aturdido, sumergido en la extensa exposición de sus fantasías sin párrafos que, al tiempo en que traduce las disquisiciones teóricas de Ludwig Brockner, escritor ficticio a la altura de Rand y Rothbard, que hacen colindar los discursos democráticos modernos con valores superiores como la raza, la jerarquía de clase y género, la familia y la autoridad (cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia), escucha por la radio, en el asiento trasero de un taxi, que la Unión Soviética ha dejado de existir sin que se disparara un solo tiro y no puede sino preguntarse si el dichoso Brockner, lejos de ser un canalla culto, es en verdad un sabio capaz de describir con precisión el mundo futuro. 

La elaboración de un hombre, más contradicción que hombre, que mientras aboga por condiciones justas para los trabajadores de la empresa donde trabaja a lo largo de prolongadas asambleas, violenta de forma impía a la mujer que ama sin límites. Que a la vez que delira con ser el sujeto de una misión extraplanetaria para salvar a la civilización y mostrarle su verdadero potencial emancipador contra la fiel creencia del darwinismo social, se hunde en la tercera persona, cuando sus arrebatos de brutalidad no ofrecen otro camino que la despersonalización de un monólogo personalísimo.

La elaboración de un vacío en el vacío del mundo, la sospecha de haber estado equivocado la vida entera, la revelación de las incoherencias que emana aquello que se creía coherente, los efectos de una derrota, las postrimerías de un futuro que no fue más que promesa.

Parece que, a día de hoy, varios de nosotros tenemos un Ricardo Zevi instalado en la conciencia. No hemos sido capaces, aún después de casi 30 años, de inventarnos nuevas mentiras que dibujen un horizonte más o menos convincente, un horizonte que nos evite el penoso deseo de contarnos en tercera persona. Está por verse cuantas páginas nos durará la novela.

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