
A Cristina Peri Rossi la conocí por obra de uno de sus relatos. Lleva por nombre el nombre del libro que lo acoge: Desastres Íntimos, y trata sobre los devaneos de una tal Patricia mientras intenta abrir una botella de lejía.
Para no hacer el cuento largo, que para eso puede leerse, la narración ocurre como un monólogo furioso alrededor de la feminidad, la maternidad, la masculinidad, la soledad, la subalternidad y tantos nominalizadores quepan en sus breves páginas.
Al terminar de leerlo me sentí indefectiblemente abofeteado. Es quizás una de las caracterizaciones habituales de la literatura: la de remoquete, pregunta más que respuesta y reflexión más que conclusión.
Si el cuento, en clave pugilística cortazariana, debe ganar por knockout, mucha de la narrativa de Peri Rossi sucede como uno de esos rounds de Rocky Balboa, donde hay caídas por doquier y nadie está dispuesto a arredrar un milímetro, en una sensación de finalización que se extiende la contienda entera.
Y así, entre remoquetes, bofetadas y rounds de Rocky, me pregunto a qué otra cosa me sabe la obra de Cristina Peri Rossi, yo que la siento tan mi confidente, tan alguien con quien compartir lo propio y ajeno sin condescendencias. Yo que acabo de leer La insumisa, su segundo texto autobiográfico, solo después de Julio Cortázar y Cris, y que narra su infancia en un Uruguay del que estaba por convertirse en extranjera. Yo, que me veo frente a la tentación que en ocasiones tenemos los malos lectores de emparentar las historias personales del autor con sus formas literarias.
He pensado largo rato y llegado a la trémula conclusión de que la literatura de Cristina Peri Rossi es una de esas que muerde.
Digo trémula porque la mordida tiene, como casi toda palabra que se respete, una vocación polisémica y antes habría que preguntarnos qué cosa es una mordida literaria.
Imaginaríamos normalmente el acto de morder como una agresión al cuerpo propio o al de algún otro; no obstante, los enamorados más fervorosos pudieran pensar en un mimo antes que en cualquier otra cosa. Ese gesto que se tiene cuando el amor no puede manifestarse más que en el instinto físico, que transita la piel, que no halla razón ni palabra y que es así porque así es, tal como los primeros afectos, que no suelen atender convenciones o buenos modales. Algo así como las pretensiones maritales que una hija pudiera tener por su madre.
“La primera vez que me declaré a mi madre, tenía tres años, (según los biólogos, los primeros años de nuestra vida son los más inteligentes. El resto es cultura, información, adiestramiento). Yo tenía propósitos serios: pretendía casarme con ella”.
Una mordida bien dada, una que se respete, así como las palabras polisémicas, tiene la facultad ineluctable de la reiteración. Pensemos que, de una correcta ejecución, una buena dentellada supone la incrustación de la dentición completa en la piel; es decir, 32 piezas en el caso de una buena salud dental, o algunos menos si el mordedor en cuestión está mellado o no alcanza aún la edad adulta. En términos sensibles podríamos apuntar, con todo rigor clínico, que un mordisco ejemplar brinda a todo cuerpo la sensación de un estribillo.
El recurso puebla la obra de Peri Rossi como puebla también La Insumisa, por ejemplo, al historiar la desazón con que la narradora inspeccionaba las semejanzas físicas y temperamentales que guardaba con su padre: un hombre alcohólico y violento, siempre interpuesto en el amor filial para este punto ya spoileado.
“Mi madre decía que vos y yo nos parecíamos”, dice a su padre Peri Rossi inaugurando la relatoría. “«Sos igual que tu padre» significaba muchísimas cosas malas, la primera, sin duda, que ella no me quería, y si no me quería era, precisamente, porque yo me parecía a vos”, reprocha al pasar de pocas líneas. “Yo recibía el reproche en silencio pero con oscuro rencor. No sabía a quién dirigir mi rabia, por parecerme a vos” dirige su rabia apenas recorrida media página.
Y así, con el discurrir de las letras, La insumisa se va llenando de motivos: de estaciones de tren, que son primero paisaje de infancia, que son después el primer trauma, en forma de borreguitos encaminados al matadero, que acaban siendo los campos de concentración en tiempos de la dictadura: el trauma de un país entero; se llena también de qué diránes (“Qué dirán los tíos, qué dirán las tías, qué dirá la abuela, qué dirán los vecinos, qué dirá el médico, qué dirá el cura, qué dirá la maestra, qué dirán los primos, qué dirá el comisario, qué dirán los amigos, y los compañeros de colegio, y las compañeras de colegio”), expresión inflexible de una sociedad que no quería preguntas ni respuestas, ni ciertos deseos, ni tampoco que las niñas usaran pantalones; se llena, pues, de dientes que se clavan uno a uno en la piel lectora, con su ineluctable tendencia por la reiteración.
Por más violenta que pretenda ser, así en ella esté instalado el odio más odioso, la mordedura conlleva siempre el contacto con la saliva, a través de la cual, por obra bioquímica, se transmiten la testosterona y la progesterona. De modo que, a pesar de toda pretensión, una tarascada trae consigo el dichoso riesgo del deseo.
Elena Poniatowska dijo en algún momento que después de leer a Peri Rossi le dan ganas de hacer el amor. No traigo a cuento la frase en virtud de ninguna retentiva personal, sino de la contraportada del propio libro que alimenta estas líneas.
En todo caso, el apunte es pertinente: versos y prosas de Cris versan y prosean alrededor del erotismo en todas sus presentaciones: una mujer obsesionada con los cuellos, un amante al borde de la asfixia por un vello púbico que le atasca la garganta cuando intenta hacer llegar al orgasmo a su pareja y no está dispuesto a detenerse, o una estrofa que se encuentra con Dios en húmedas cavidades, en los gritos vertiginosos de una jauría de vísceras, escondido entre unas sábanas.
En La insumisa este ingrediente, muchas otras veces desaforado, algunas otras rector mismo de la obra, figura aquí como un descubrimiento, que aparece en las flores que dibujan sexos femeninos, en el primer beso de amor, en los botones desasidos y los senos que se derraman en consecuencia. Dicho lo cual y en pocas palabras, podemos perfectamente confraternizar con el sentimiento de Poniatowska.
Pensemos en mordidas famosas: la corrupción mexicana nos obsequió una nueva semántica; el deporte sus escenas: Mike Tyson arrancando un pedazo de cartílago de la oreja de Evander Holyfield o Luis Suárez arremetiendo contra el hombro del defensor italiano Giorgio Chiellini en el Mundial de Brasil; la literatura nos regaló a Drácula clavando sus dientes sobre el cuello de Lucy Westenra y Mina Harker; la pictórica, por su parte, no puede unirse al club de los mordiscos célebres con otra representación que no sea la de Saturno devorando a su hijo.
La figurativa, ya sea de Goya o Rubens, es por todos conocida y reproducida hasta el hastío: el enorme titán oscuramente pigmentado, retorcido, pelicano y de expresión desencajada que asesta un bocado a un cuerpo desmembrado que atenaza con las manos.
La escena hace referencia a Cronos, primer rey del mundo, que, motivado por el temor de ser destronado por sus hijos, como su padre Urano, los engullía en favor de su reinado y de las cavilaciones psicoanalíticas.
De manera tal que una mordida también puede enfrentarnos con el poder y sus dinámicas, sus excesos y delirios. Excesos y delirios como los de una dictadura que irrumpió en un continente y que, motivada por un temor profundo a sus gobernados, acabó por asesinarlos, desaparecerlos y exiliarlos.
Leo en La insumisa, novela y personaje, la intención de atacar de vuelta, con ese mecanismo de defensa en que a veces se erige la palabra. La intención, pues, de relatar los pasajes de un país que estaba a punto de ver su historia damnificada de por vida.
Creo que, si nos ponemos ontológicos, la gran propiedad de la buena mordida es el afecto puro y duro: esa capacidad vital de aumentar o disminuir al cuerpo y arrojarlo al vasto océano de sus potencias.
No parece que la apresurada conclusión se nos haya hecho menos trémula. Si la esencia de la mordida es, finalmente, el afecto, ella debiera ser misión preponderante de toda literatura que se presuma bien hecha. Lo que ocurre es que hay algunas cuantas que tienen los dientes más afilados.
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