La visible oscuridad o cuando los libros son radiografías

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Alguna vez tomé una clase en la universidad que llevaba el glamuroso nombre de Literatura y Sociedad, que, como todo buen curso universitario, transitó caminos insospechados, las más de las veces lejanos al propósito originario de la cátedra. Así, de golpe y porrazo, el curso de Literatura y Sociedad transfiguró en literatura latinoamericana contemporánea que, en su cumbre, devino en novela policiaca.

A la materia dedicamos chorrocientas horas de las cuales recuerdo una palabra y poco más. La profesora, de cuyo nombre no quiero acordarme, explicó lo que los apasionados del género conocen de sobra: que proviene de la novela de misterio, detectivesca pues, cuyo centro se halla en la resolución sofisticada de un ardid criminal y de ahí los grandes nombres que a los lectores nos dieron patria: Dupin, Holmes, Poirot. La novela negra, según nos fue dicho, correspondía más bien a una radiografía (y ahí la palabra) de los contextos en que se inscriben sus narraciones.

La palabra me retumba en la cabeza no solo por la insistencia con que fue utilizada aquellos días de literatura variopinta, sino porque la idea, en el fondo, me seduce enormemente. Lo hace porque devuelve al libro ese carácter representacional tan suyo en tiempos en que la representación se nos ha vuelto cosa incómoda (tanto en las artes como en la política nuestra de cada día), donde el sentido que conforma una novela y los grafemas que la articulan están estrechamente ligados a su iconicidad. La novela como retrato: ya no como mundo posible, sino fotografía de nuestros mundos imposibles.

Me doy cuenta mientras lo escribo y se dan cuenta mientras lo leen que la capacidad radiográfica de la literatura policial no resulta de ninguna manera exclusiva de su jurisdicción y que muchos otros dominios narrativos saltarían exaltados si pretendiéramos que así fuera.

En todo caso sí: qué sería de Belascoarán sin sus calles chilangas y ese hostil priismo setentero; qué de Heredia sin la dictadura pinochetista o su posdictadura tan trompicada; qué de Iscar sin las tensiones de clase argentinas; qué de Conde sin esa Cuba donde el futuro cambió las promesas por amenazas.

La palabra me retumbó en la cabeza porque no pude pensar en otra cosa mientras leía La visible oscuridad, novela recién salida del horno de la autora veracruzana Norma Lazo.

La fórmula sigue siendo aquí la fórmula: un crimen, una indagatoria y su consecuente resolución. Tras la desaparición de Alicia Sierra, hija de un laureado general del ejército, las agentes Ana Terán y Leticia Ordóñez, del servicio secreto mexicano, se enfrascan en la búsqueda de un asesino serial de mujeres para darse cuenta al poco tiempo que el temible homicida no es sino una dupla de psicópatas que opera en la Ciudad de México de 1943.

Así que la fórmula en este caso se extiende sobre sí misma: dos indagatorias con sus resoluciones resultantes. Muy pocas páginas transcurren para deshilvanar la primera composición: Terán y sus colegas del servicio encuentran en el jardín de una casa en la colonia Tacuba, los restos de varias mujeres que presentan muestras evidentes de tortura. La casa invivible (apeñuscada de ropa femenina, pornografía y cochambre) es habitada por Oliverio Ortega (para este punto primer culpabilísimo inobjetable), joven químico egresado de la Universidad Nacional, proveniente de la Sierra de Guerrero y a quien testigos le reconocen buenas intenciones e inteligencia privilegiada.

En diversos espacios la autora ha manifestado que el personaje de Oliverio está basado en el conspicuo criminal chilango Gregorio Cárdenas, quien en 1942 asesinó, en cosa de dos meses, a cuatro mujeres que enterró en el jardín de su residencia en Tacuba y que fueron descubiertas tras la desaparición de la última de ellas, Graciela Arias Ávalos, estudiante de la UNAM e hija de Manuel Arias, connotado abogado de la época. Cárdenas purgó una condena de 34 años entre su paso por el palacio negro de Lecumberri y el Hospital Psiquiátrico la Castañeda.

El goyo –apelativo entre apelativos con que las rotativas lo hicieron célebre– y sus atroces crímenes concitaron en su momento variadas categorías: la del primer asesino en serie en nuestro país, como si por fin los cruentos derroteros nacionales hubieran producido uno de esos personajes dignos del imaginario norteamericano; la del monstruo diabólico; la del clima de incertidumbre en un México de incertidumbres. También, por más abyecto que hoy resulte, la del criminal rehabilitado ejemplar, ese que fue entrevistado por el reportero de Televisa Guillermo Pérez Verduzco, tratado de “Don Goyo” y afablemente cuestionado sobre la historia de la cárcel que lo asiló durante tantos años. Mismo criminal rehabilitado que fue vitoreado en el congreso mexicano como ejemplo de su presunta reinserción social.

En los tiempos que hoy discurren, es difícil no mirar el caso de Gregorio Cárdenas como el de un feminicida en serie. El término se lo debemos a un movimiento, quizá el más importante de nuestra actualidad, que lo ha institucionalizado en diversas latitudes. Se lo debemos también a Marcela Lagarde que lo tradujo del Ruselliano Femicide en 2006. Refiere, pues, al asesinato de una mujer en razón de su género, o bien, por el solo hecho de ser mujer. Añade Lagarde que es un crimen perpetrado en condiciones de ausencia de Estado de derecho y como expresión de la estructura patriarcal imperante.

Este cambio en el marco interpretativo con que damos lectura a los hechos sociales me parece el apunte más sobresaliente de La visible oscuridad y de la transmutación literaria del caso Cárdenas.

Lazo propone, pues, una relectura: dar cuenta de una violencia que hoy tenemos nombrada pero cuya existencia antecede a la categoría, existencia que está a su vez antecedida por otras muchas violencias que le dan forma, que la derivan.

Esa tesis constituye, a mi parecer, el sentido de la obra. Se entrevera en su macroestructura y en su gramática mínima.

“Otro tipo de depredadores invaden el reino. Unos peores que los primeros. Caminan a dos patas con el ímpetu malicioso de someter a las otras bestias y arrancarles la piel y su belleza; de someter su ferocidad y domesticarlas para hacerlos útiles, y obligarlas a lamer la mano de quienes les dan de comer: los amos”.

El policial ocurre a sabiendas de su deber de remontar, en desarrollos prolongados, introducciones promisorias. Camina largamente para encontrar una psicología, un móvil, un vector. En La visible oscuridad tal justificación es el odio contra las mujeres.

Ana Terán juega el doble rol de depredadora y presa. Emprende una investigación a pesar de un mando policial que le niega toda agencia y posibilidad; la avanza a pesar de la indiferencia de sus compañeros entre los cuales solo cuenta con la complicidad de Leticia; la concluye a pesar de llevar a cuestas el terror de ser víctima de aquello que persigue.

De manera que la novela hace transitar a la violencia, esa violencia, en el tiempo; viaja a un México cuya larga distancia acaba por resaltar su proximidad; da testimonio de un periodo que

fue pero que sigue siendo y configura el correlato de una siempre acezante condición social –una radiografía si se quiere–.

Quizá aquella clase universitaria de caminos mudadizos siempre se trató de la misma cosa.

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