Festividad asidua; fuente de euforia y descalabros, algunos evanescentes, que se borran con el pasar de las semanas, otros que se afincan obstinadamente en la memoria. El fútbol es un otro en el cual poder reflejarse cuando las conciencias se adormecen. La pelota nos muestra quienes somos; nos otorga un lugar en un mundo que nos niega cualquier otro; es el estadio, bestia urbana de tripas reverberantes, un muelle para atracar el barco, un referente para sobrevivir. 

Tras quince años de una rivalidad interrumpida, en abril del 2015, Club Atlético Belgrano se enfrentaba a su odiado adversario Talleres. Los equipos dividían los afectos de los habitantes de la ciudad de Córdoba en Argentina. Durante el entretiempo, en la tribuna popular,  una tumultuosa hinchada arrojaba insultos y reiterados golpes a un jóven de 22 años que, aturdido, huía de sus agresores, quienes terminaron por arrojarlo al vacío desde las gradas. Poco después se reveló que la víctima tenía por nombre Emmanuel Balbó, que había ahorrado toda la semana para poder asistir al estadio y que fue acusado por otro aficionado de apoyar a Talleres e infiltrarse en la barra de Belgrano. Murió unos días después debido a diversas lesiones cerebrales ocasionadas por la caída.

En el lenguaje del fútbol, el equipo somos todos y no solo aquellos que patean la pelota. Cuando se gana, ganamos; cuando se pierde, perdimos. Defender, atacar y vencer trasciende los 90 minutos. los partidos que se juegan y las tareas que en el campo los futbolistas deben atender. Las rivalidades son perpetuas, apoyar a un equipo es suscribir una visión del juego y del mundo fuera de la cancha. Es un deporte de pulsiones universales capaces de aflorar en todo momento sin importar latitudes.

En 1985 se disputó en Bélgica la gran final de la copa de Europa entre el Liverpool y la Juventus de Turín. El primero de ellos tenía en la mira su quinto título de la competición mientras que los italianos buscaban consagrarse por vez primera. A causa de una mala organización y reventa de boletos, ambas hinchadas se encontraron en la zona Z del estadio Heysel de Bruselas cuyo césped ya había albergado 6 finales europeas. Una hora antes del partido el vocerío ahogó la zona norte del recinto. Los supporters ingleses iniciaron la ofensiva: atacaron a sus rivales con piedras y superaron la endeble valla de alambre que separaba los sectores X y Z. Decenas de aficionados juventinos fueron golpeados y  aprisionados contra un muro de cemento. El partido se jugó tal como estaba previsto y el saldo de la reyerta fue de 39 muertos.

El juego es caprichoso: la pelota danza de un lado a otro, coquetea con las porterías y acaricia su perímetro. El grito de gol se repliega en las gargantas de los adeptos, dispuesto a hacer estallar el estadio tan pronto alguno de los 22 jugadores se decida a hacer la proeza.  El escritor francés Albert Camus confesó deberle todo cuanto sabía de moral y deberes de los hombres; Oscar Wilde estimaba el deporte como un juego de caballeros practicado por bárbaros; Eduardo Galeano creía que un hombre podía cambiar de mujer, partido político o religión, pero jamás de equipo de fútbol. Moral, deberes, caballeros, bárbaros y hombres… hombres. “juego de hombres” dicen algunos.

En marzo de 2022, el estadio Corregidora en Querétaro albergó una batalla campal entre aficionados del Atlas e integrantes de la Resistencia Albiazul. Movidas por la desesperación, algunas familias invadieron el campo en busca de refugio. El enfrentamiento duró varios minutos. Los hinchas que participaron en la refriega, como si nada hubiese pasado, se fueron a casa con la frente en alto. 26 personas resultaron heridas (muchas de ellas de gravedad) durante el incidente.

El juego y sus tropos recurrentes: la pelota, los goles y colores, los delanteros, goleros y zagueros;  la fortuna y sus infortunios; el arbitrio justo y el amañado; los técnicos y sus técnicas; las danzas, los cánticos y los lenguajes; la guerra y sus violencias: el campo, los enemigos y los arietes, los ataques y los contraataques,  zonas de peligro, estrategias, disparos y cañonazos. Todos ellos dispuestos cada fin de semana para escapar, para permitirse sentir. Fútbol cuando se ama, pero también cuando se odia, acompaña las algarabías y acoge las lágrimas, aviva los abrazos así como suscita la brutalidad.

Más allá de la cancha, el fútbol hermana y confronta, arropa y exhibe, alimenta pero enferma. En él  se buscan identidades e ilusiones. Se heredan los rituales y se replican las conductas. Es un instante que escapa de la lógica de dureza y severidad exigida por una cotidianidad insatisfactoria. Depósito de emociones resguardadas, es la expresión de una vulnerabilidad siempre escondida. 

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